Padres e hijos, segunda parte.

Artículo escrito por el Pbro. Wilbur Madera R. Si deseas leer la Parte 1, da click aquí

Padres no exasperéis a  vuestros Hijos (Ef. 6:4 y Col. 3:21)

En ambos pasajes el mandato para los padres abarca sólo un versículo.  La instrucción en ambos casos es muy similar: “Padres no provoquéis a ira a vuestros hijos” y “Padres no exasperéis a vuestros hijos”.  Cuando se dan instrucciones a los hijos que les ponen en una dirección contraria a la que desean, es inevitable cierto grado de enojo o frustración por su parte.  Si el pasaje estuviera diciendo que nunca digamos o hagamos algo que los enoje, entonces simplemente sería imposible cumplir este mandamiento. 

Pero el pasaje no está enseñando esto, sino más bien, que tu proceder hacia tus hijos sea en sabiduría, respeto y amor para no provocar que se enojen innecesariamente.  Es decir, este mandamiento no es una licencia para dejar a tus hijos sin corrección e instrucción con tal que no se enojen, sino es un directriz en cuanto el cómo debes tratarlos. De hecho, en el versículo 4 de Efesios 6 se establece lo opuesto de provocar la ira de nuestros hijos: “criarlos en disciplina y amonestación del Señor”.  Este contraste nos indica que si estoy enojando innecesariamente a mis hijos no los estoy criando en la disciplina y amonestación del Señor. 

Para muchos, las palabras “disciplina” y “amonestación” quieren decir gritos, pellizcos, pescozones, puñetazos, empujones, bofetadas, burlas, insultos, adjetivos ofensivos, amenazas y cosas semejantes.   Todo esto cabe en la categoría de exasperación de nuestros hijos y está en contradicción con la

Imagen propiedad de subebe.com

 disciplina y amonestación del Señor.  De hecho, el verbo “criadlos” nos da la idea de una madre alimentando con ternura a su bebé; así debemos nutrirlos, crecerlos con dedicación, atenderlos y enseñarles el camino del Señor.  La disciplina y la amonestación implican la aplicación de principios bíblicos, límites, relación, respeto, ejemplo, confianza, conversación, instrucción, comunicación, perdón, gracia, e inclusive corrección física siguiendo, por supuesto, pautas bíblicas.

El mandato, entonces, para los padres es que no exasperen a sus hijos.  Aquí presento algunos ejemplos de casos cuando los padres exasperan a sus hijos. La lista no es exhaustiva, pero espero que pueda ser útil para revisar si estamos desobedeciendo este mandamiento básico para los padres. 

Estás exasperando a tus hijos cuando:

  • Usas sarcasmo o burla. 

Las palabras hirientes y burlescas no corrigen ni instruyen a nuestros hijos, mas bien los lastiman.  Decir cosas tales como  “¡Pero Si tú eres un angelito inocente!” cuando se quiere implicar lo contrario, es usar nuestras palabras sarcásticamente y exasperar a nuestros hijos.

  • Los expones delante de los demás.

Cuando publicas sus faltas, malas decisiones y pecados ante su grupo de coetáneos o familiares, no estás siguiendo el mandato bíblico, sino es una especie de venganza de tu parte.

  • Cambias la instrucción según tu estado de ánimo. 

Un día dices que sí y otro, dices que no.  ¿La razón? Sencillamente te fue mal en el trabajo o tuviste unaemociones discusión con tu cónyuge.  La inconsistencia en la aplicación de los principios te restan credibilidad y exasperan a tus hijos porque no saben qué esperar de ti.  Lo mejor es que tu “sí” sea “sí” y tu “no, sea no”, sin importar tu estado de ánimo.

  • Impones normas que tú mismo no cumples. 

Las leyes divinas se aplican tanto a padres como a hijos.  Tus hijos necesitan ver que eres el primero en someterse a Dios.  Es hipocresía decir  “La Biblia dice . . .” si la Biblia no es en verdad la autoridad en tu vida.

  • Estableces tus preferencias como si fueran mandamientos divinos. 

Tenemos que reconocer que gran parte de las instrucciones dadas a nuestros hijos, tienen su origen más bien en nuestras preferencias que en la Biblia.  Asuntos tales como el color de la ropa, el estilo del cabello, los deportes, el estilo musical, generalmente son apreciados o despreciados debido a nuestra preferencia personal.  No trates de elevar tus gustos al nivel del mandamiento bíblico.  Pregúntate, ¿Le doy esta orden porque Dios dice que es bueno o es malo? o ¿O es que a me gusta o no me gusta?

  • No cumples lo que prometes.

Esto crea un ambiente de desconfianza en la relación con tus hijos. Los hijos no pueden tomar en serio a un padre o una madre que constantemente les hace ver que su palabra no vale.  Sabemos que no siempre puedes cumplir lo que prometes debido a causas que están más allá de tu control.  No hay problema si estos eventos ocurren en el contexto de varias promesas cumplidas.  El daño real ocurre cuando el incumplimiento de tu palabra es lo que caracteriza tu vida.

  • No reconoces tus errores.

Todos los que hemos sido hijos podemos reconocer la frustración que trae el tener unos padres que no pueden aceptar sus faltas.  Muchos padres creen que si reconocen sus errores ante los hijos, su autoridad quedará menoscabada. Pero esto no sucede generalmente.   Los padres que le piden perdón a sus hijos cuando han fallado les están diciendo que pueden confiar en ellos, que están tratando de ser una autoridad justa y que en verdad se interesan por ellos.  No temas reconocer tus faltas y pedir perdón a tus hijos. Esto será un bálsamo para la relación con ellos.

  • Los comparas con sus hermanos o coetáneos.

Cuando comparas a tus hijos entre sí, estás fomentando las envidias, orgullos y rencores entre ellos.  Recuerda que cada uno de tus hijos es diferente. Tienen debilidades y fortalezas distintas.  A algunos les será más fácil hacer ciertas cosas que a otros.  Reconoce esas diferencias, estúdialas y aprovéchalas.  El modelo para tus hijos no es su hermano o hermana, sino Cristo.

  • Su dominio propio es mayor que la libertad otorgada.

  Las libertades que  concedas a tus hijos deben estar en proporción directa a su dominio propio.  Cuando no sigues este principio y los limitas en cosas para las que ya han demostrado el dominio propio suficiente, los exasperas pues no reconoces su madurez en ese aspecto.  Asegúrate de no estar restringiendo aspectos de sus vidas en las que ya deberías darles mayor libertad. 

  • Traes al presente asuntos atendidos y cerrados en el pasado.

imagen tomada de El economista.es

A nadie le gusta que sus faltas sean recordadas e inmortalizadas.  Cuando repasas asuntos ya tratados y cerrados en el pasado, lo único que haces es exasperar a tus hijos y ser un ejemplo deficiente de lo que significa perdonar.

  • Sentencias sin haber escuchado. 

Debemos recordar que nuestra autoridad como padres es delegada por parte de Dios.  El es justo, y el ejercicio de nuestra autoridad debe reflejar este aspecto de su carácter.  No tomes decisiones apresuradas.  Escucha todos los datos, pregunta, aclara, comprende, ora, piensa y luego, emite tu veredicto.

  • Hablas con ellos sólo cuando han hecho algo malo. 

Lamentablemente, muchos padres sólo se acercan a sus hijos cuando hay algo malo para corregir.  El proceso de la disciplina y la amonestación del Señor no sólo se trata de corregir, sino, sobretodo, de instruir, enseñar, dirigir, animar y estimular.  La corrección es efectiva dentro del contexto de una relación de confianza e interés.

  • Te preocupa más tu reputación como padre que el bienestar espiritual de tu hijo.

  “¿Y que van a decir los demás?” es la primera pregunta de los padres que les interesa más su reputación que la de Dios.  Te das cuenta que este es tu caso cuando una falta que no te afecto cuando estabas asolas con tu hijo, se vuelve una ofensa mayor cuando sucede en público.  En tales casos, la honra de Dios y el estado espiritual de nuestros hijos son desplazados por una preocupación por nuestra reputación.  Pongamos nuestras prioridades en orden.

  • Hablas con ellos como si fueran casos perdidos. 

Muchos padres pierden de vista el poder del evangelio y hablan con sus hijos como si ya no tuvieran remedio.  No hay nadie tan torcido que el poder de Cristo no pueda enderezar.  Habla con tus hijos como embajador de aquel que hace todas las cosas nuevas.   Mientras haya vida, el cambio es posible.

Debes preguntarte cuál ha sido tu parte en la erosión de la relación con tus hijos.  Si alguna o varias de estas pautas pecaminosas caracterizan la relación con tus hijos, es probable que hayas tenido mucho que ver en el alejamiento y la problemática.  De todas maneras, no te desanimes.  ¡Hay esperanza! ¡Todavía estás a tiempo! En Cristo, la gracia, el arrepentimiento, el perdón y la obediencia a la Palabra de Dios pueden lograr que las relaciones más deterioradas se revitalicen para la gloria de Dios.

Conclusión

Hemos visto que la Biblia, en estos dos pasajes paralelos, nos confronta con nuestra responsabilidad. Los hijos tienen la responsabilidad de obedecer y los padres de no exasperar a sus hijos.  El cumplimiento de estos mandamientos es independiente de la actuación de la otra parte.  Estos dos mandamientos establecen el clima para que se den otras bendiciones en la relación entre padres e hijos.  Por lo tanto, seamos diligentes en el cumplimiento de nuestra responsabilidad en el “ABC” de una de las relaciones de mayor impacto en la vida del ser humano.


Wilbur MaderaWMaderayesposa es Pastor de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México desde 1997. Ha sido Decano y Rector del Seminario Teológico Presbiteriano San Pablo, de Mérida, Yucatán. Desde 1997 y hasta la fecha tiene la bendición de ser parte del equipo pastoral de la Iglesia Nacional Presbiteriana Shalom de Mérida, Yucatán.